
Aunque no quisiera emitir un juicio definitivo sobre UPyD, el partido creado por Rosa Díez, me parece evidente que:
1/ es un partido liberal, es decir, una pieza más del dispositivo capitalista a escala mundial, que no trae consigo un cambio de régimen ni de modelo social, sino que simplemente intenta funcionar como bisagra entre los dos grandes partidos españoles, PP y PSOE, de manera que éstos no se vean forzados a apoyarse en los nacionalismos periféricos, con el consiguiente peaje político y económico;
2/ tampoco es un partido patriótico, es decir, nacional, porque Fernando Savater ha expresado públicamente que "España se la suda"; se trata pues de un proyecto que hace del culto al individuo y sus "derechos" el centro de una religión ciudadanista, de suerte que los nacionalistas hispánicos no tenemos nada que hacer ahí, porque a nosotros todo eso nos huele a ese típico culto de la privacidad burguesa y sus "placeres" propio de la sociedad de consumo.
El abismo que nos separa de UPyD es nada menos que un sistema de valores.
Y conviene añadir que con semejantes planteamientos, de UPyD no puede esperarse otra cosa que una defensa a ultranza de la actual política de inmigración, es decir, de más dosis de multiculturalismo y relativismo ético, porque el individuo liberal no tiene patria ni principios, sino algo así como un amoral "derecho al bienestar" convertido en pertinaz axioma pero incapaz de reaccionar frente a fenómenos políticos de profundo calado como la amenaza islámica.
En consecuencia, considero, con carácter provisional -es decir, abierta siempre esta opinión a una posible revisión-, que UPyD no resuelve la secular problemática española de conficto entre lo nacional y lo social, sino que, pese a su defensa de la unidad mercantil del Estado y la vaga apelación a un progreso que ya no sabemos muy bien en qué consiste, ahonda en un liberalismo económico y sociológico que nos permite identificar precisamente la raíz oculta tanto de lo antisocial cuanto de lo antipatriótico en las sociedades occidentales.
Quienes se planteen a Rosa Díez como alternativa, renuncian en definitiva a toda autoridad política a la hora de reivindicar una izquierda nacional.
Conviene añadir que la caricatura de las consecuencias a que conducen los valores del liberalismo la tenemos en el desastre y naufragio final del invento de Boadella, el Partido de la Ciudadanía, convertido en una auténtica merienda de negros, triste espectáculo de individualismos narcisistas -poco menos que repugnantes- hambrientos de escaños parlamentarios, gruesas nóminas y coche oficial. Esperemos que el bochorno termine pronto, porque ya dan ganas de vomitar.
Y, por cierto, en UPyD empiezan a oírse voces que protestan por los déficits democráticos de un partido que ni siquiera parece plantearse la posibilidad de que su máximo dirigente sea otro que Rosa Díez, de manera que al parecer la jefa ha pasado por alto ciertas, digamos, "formalidades procedimentales" a la hora de ocupar la poltrona.
¿Se repetirá la patética historia de Ciutadans, esta vez a escala nacional?
1/ es un partido liberal, es decir, una pieza más del dispositivo capitalista a escala mundial, que no trae consigo un cambio de régimen ni de modelo social, sino que simplemente intenta funcionar como bisagra entre los dos grandes partidos españoles, PP y PSOE, de manera que éstos no se vean forzados a apoyarse en los nacionalismos periféricos, con el consiguiente peaje político y económico;
2/ tampoco es un partido patriótico, es decir, nacional, porque Fernando Savater ha expresado públicamente que "España se la suda"; se trata pues de un proyecto que hace del culto al individuo y sus "derechos" el centro de una religión ciudadanista, de suerte que los nacionalistas hispánicos no tenemos nada que hacer ahí, porque a nosotros todo eso nos huele a ese típico culto de la privacidad burguesa y sus "placeres" propio de la sociedad de consumo.
El abismo que nos separa de UPyD es nada menos que un sistema de valores.
Y conviene añadir que con semejantes planteamientos, de UPyD no puede esperarse otra cosa que una defensa a ultranza de la actual política de inmigración, es decir, de más dosis de multiculturalismo y relativismo ético, porque el individuo liberal no tiene patria ni principios, sino algo así como un amoral "derecho al bienestar" convertido en pertinaz axioma pero incapaz de reaccionar frente a fenómenos políticos de profundo calado como la amenaza islámica.
En consecuencia, considero, con carácter provisional -es decir, abierta siempre esta opinión a una posible revisión-, que UPyD no resuelve la secular problemática española de conficto entre lo nacional y lo social, sino que, pese a su defensa de la unidad mercantil del Estado y la vaga apelación a un progreso que ya no sabemos muy bien en qué consiste, ahonda en un liberalismo económico y sociológico que nos permite identificar precisamente la raíz oculta tanto de lo antisocial cuanto de lo antipatriótico en las sociedades occidentales.
Quienes se planteen a Rosa Díez como alternativa, renuncian en definitiva a toda autoridad política a la hora de reivindicar una izquierda nacional.
Conviene añadir que la caricatura de las consecuencias a que conducen los valores del liberalismo la tenemos en el desastre y naufragio final del invento de Boadella, el Partido de la Ciudadanía, convertido en una auténtica merienda de negros, triste espectáculo de individualismos narcisistas -poco menos que repugnantes- hambrientos de escaños parlamentarios, gruesas nóminas y coche oficial. Esperemos que el bochorno termine pronto, porque ya dan ganas de vomitar.
Y, por cierto, en UPyD empiezan a oírse voces que protestan por los déficits democráticos de un partido que ni siquiera parece plantearse la posibilidad de que su máximo dirigente sea otro que Rosa Díez, de manera que al parecer la jefa ha pasado por alto ciertas, digamos, "formalidades procedimentales" a la hora de ocupar la poltrona.
¿Se repetirá la patética historia de Ciutadans, esta vez a escala nacional?

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